4.9.10

LA BOTELLA Y LA FLOR

Eran cuatro amigos, tres varones y una muchacha, se reunían todos los días para discutir la vida, pocas veces caían en la política cotidiana, la mayoría de los encuentros hablaban de filosofía, que es una manera de hacerse preguntas sin obligar las respuestas.
En una de sus charlas, que generalmente ocurrían en las tardes, en esa hora donde aún no llega el frío hiriente de la noche, y ya el sol se llevó el calor sofocante, surgió la inquietud por la trascendencia, no se sabe bien quién hizo la pregunta: “¿y mañana cuando ya no estemos quién sabrá de nosotros, cómo, qué sabrá? propongo dejar un registro de nuestro mundo y pensamiento.”
Decidieron dejar una botella enterrada, similar a la que dejó Gabriela Mistral, pero con más elaboración, no sería una botella de náufrago, triste, desesperada, al contrario, sería una botella alegre, de colores, blindada en caja de plástico fuerte de ese que hacen en el IVIC.
Los siguientes meses las conversaciones trataban del material que llevaría la botella: propusieron pasar a la posteridad una lista de los libros que habían leído y del libro que pensaban escribir del que sólo tenían el bosquejo inicial.
Fotos de todos y de su entorno, de la vegetación, de las aguas cristalinas, del rocío de la mañana, de los pájaros en los parques, de las hormigas caminando, del coral con sus peces, de la puesta del sol, del cielo claro, del amanecer, de la luz de la luna, del humo de los carros, del Metro abarrotado, de las calles sucias, de las limpias, de un choque de auto, de un joven en el semáforo haciendo malabares, una foto aérea de un barrio, de una pistola, de un muerto, de un vivo en moto. Un discurso político de un joven de la oposición y de uno del gobierno…
Así corrieron los meses, ya lo que escogieron no cabía en la botella, pasaron a una caja y luego a un baúl.
En eso estaban cuando leyeron las reflexiones de Fidel, entonces, se interesaron por el tema del impacto ecológico del capitalismo, y las posibilidades de una guerra nuclear, y les dio miedo…
Decidieron enterrar para la posteridad las cosas que estaban en peligro de desaparecer, pero la lista les resultó tan triste y tan larga que resolvieron volver a la botella, dejar sólo una flor y una tarjeta labrada en bronce con la inscripción: “Hicimos lo que pudimos, y nos guió el amor”, firmaron y juraron luchar en lo adelante por hacer verdad esas palabras.
La situación del mundo es de tal gravedad, el peligro para la Humanidad es inmenso, el capitalismo es tan dañino, que cada uno de nosotros debería seguir el ejemplo de los jóvenes de la botella. Dejar un mensaje a la humanidad, una flor y el mensaje de que hicimos todo lo que pudimos, siempre guiados por el amor: Estudiamos para entender, propagamos lo aprendido, nuestra vida estuvo al servicio de salvar a la humanidad de la peste capitalista.

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